Ella admiraba la estampa desde la cama, sin querer levantarse y sin fuerzas para cerrar los ojos y perderse el espectáculo.
La primavera estaba llegando a su habitación, y el frío se escabulló entre sus pies, que se encontraban fuera de sus sábanas blancas. Instintivamente los recogió, haciéndose una bolita y chocando su espalda con el pecho de él. Lentamente sus pies se encogieron más aún, acariciando lentamente el oscuro y rizado vello de las piernas de su compañero, que aún dormía tras ella.Se preguntó qué habría hecho ella para merecer aquello. Para yacer en la misma cama que aquel personaje, para que aquel hombre realmente la amara. Debió de haberle vendido el alma al diablo para ello.
Alzó la vista para mirar el despertador: Las 9 de la mañana. Miró la mesilla de noche y sonrió. No recordaba cómo había llegado su sujetador a encontrarse sobre aquella lamparita, pero aquel mínimo detalle le hizo sentir en casa de nuevo.

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